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MI LOBO ALFA, TOMO 1

by

Nathan J. Morissey

SMASHWORDS EDITION

* * * * *

PUBLISHED BY:

Nathan J. Morissey on Smashwords

Mi Lobo Alfa, Tomo 1

Copyright © 2014 by Nathan J. Morissey

Smashwords Edition License Notes

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Mi Lobo Alfa, Tomo 1

Nathan J Morrisey


Copyright 2014 Nathan J. Morrisey


Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión de cualquier forma o por cualquier medio.


Por favor, tenga en cuenta que esta obra incluye contenido homoerótico y homosexual explícito y no está recomendada para menores de 18 años. Lectura para adultos.


Esta obra de ficción es el producto de la imaginación del autor. Cualquier similitud con personas, lugares y eventos reales no son intencionados y son puramente casuales.


Todos los personajes representados son mayores de edad.


Aviso: esta historia tiene como único fin el entretenimiento. El autor no se hace responsable de las consecuencias de los actos sexuales representados en esta obra si el lector decide practicarlos.


Se recomiendan las prácticas sexuales seguras.


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***

Sinopsis

Después de mudarse a Montreal, Julien, un chico solitario de 25 años, tiene muchos problemas con los hombreshasta que aparece Hunter.

Oscuro, perturbador, fuerte, masculino, alto, musculosoHunter tiene todo lo que Julien busca en un hombre. Incluso reclama a Julien como su compañero.

Pero el sexy lobo Alfa se encuentra en mitad de una peligrosa guerra por el liderazgo de su manada, además de que un antiguo demonio lo persigue (y estos son solo algunos de sus problemas).

¿Podrá Julien encontrar la felicidad con un excitante aunque peligroso hombre lobo, después de haber sido rechazado por humanos tantos años? ¿O está destinado al aislamiento y la soledad toda su vida?


Por favor ten en cuenta que esta no es la típica historia de hombres lobo gays. El autor ha roto todas las reglas establecidas en relación a las historias sobre hombres lobo gays para que resulte más inventiva, imaginativa y creativa. Espera que disfrutes con el resultado.


***


Deseo. Es algo curioso. Deseamos a alguien y no estamos satisfechos hasta que lo poseemos. Forma parte de la naturaleza humana: el deseo de estar con alguien.

Ciertamente es toda una paradoja. Por una parte, queremos estar con alguien de verdad. Es un deseo innato: nos queremos ofrecer completamente a otra persona, y no hay nada que podamos hacer para evitarlo. Por otra parte, si estás demasiado con alguien acabas agobiándote y harías lo que fuera por librarte de él.

Por suerte o por desgracia, nunca había tenido que preocuparme por lo segundo. Últimamente me sentía frustrado por ser incapaz de encontrar un hombre. Después de una primera cita, demasiadas veces acababa recibiendo un mensaje decepcionante, del tipo: Ey Julien, me ha gustado conocerte pero no creo que funcionemos sentimentalmente. Seamos solo amigos. Mucha suerte.

Al menos algunos tenían la delicadeza de responder. Muchas otras veces enviaba un mensaje a chicos con los que había tenido una gran primera cita y no se molestaban en responder. O sea, una putada. ¿Sí o no?

¿A caso yo era tan feo, idiota, retrasado y apestoso que nadie quería nada conmigo? ¿Qué me pasa? Soy un tío agradable. ¿Hay alguna razón de fondo por la que no salir conmigo?

Soy generoso, amable, atento, considerado. Incluso hago de voluntario en un geriátrico una vez a la semana porque me encanta hacer sonreír a la gente mayor.

Sé que no soy feo. Mi cara es lo suficientemente simétrica para considerarme guapo. Tengo una nariz elevada, como todas las personas de ascendencia francesa. También tengo los pómulos marcados, que siempre he considerado mi mejor rasgo. Puede que mis orejas sean un poco grandes, un poco saltonas incluso, pero creo que me dan personalidad.

A parte de eso, tengo el pelo corto y castaño peinado de punta, ojos verdes intensos que han sido más que piropeados, y un cuerpo ágil y musculoso capaz de levantar su propio peso. Tampoco creo que sea mi altura o peso. Mido 1,85 y peso 77 kg, ambos bastante respetables para un tío de ciudad de 25 años.

Tengo bastante estilo. Puede que sea gay, pero actúo de una forma tan masculina y hetero que cuando conozco a alguien nunca imagina mi orientación sexual, a menos que decida compartir esta información.

Por lo tanto, si no es mi personalidad ni mi aspecto ni mi comportamiento, ¿qué coño me pasa?

Agh! Es tan frustrante no encontrar un chico mono al que yo también le guste. ¿Sabes lo que es no poder satisfacer ninguna de tus necesidades sexuales? Es doloroso. Es deprimente. A veces me entran ganas de suicidarme.

Justamente ese era mi plan aquella fría noche invernal de Montreal.

Estaba de pie en el tejado del edificio de media altura donde vivía, en Avenue Papineau, decidido a acabar con todo. Me imaginaba cayendo de cabeza en la fría y despiadada calzada de hormigón, sobre la cual se arrastraban coches sin rostros, atareados e indiferentes, con unos ocupantes más fríos incluso que aquella calzada de hormigón. ¿Qué sentiría cuando mi cuerpo se esparciera sobre el sólido pavimento? ¿Cómo sería sentir mi cuerpo machacado y golpeado por aquellos coches impasibles?

Doloroso, supuse. Y eso era lo que frenaba el ímpetu de llevar a cabo mi hazaña. Por eso dudaba.

La razón por la que estaba considerando seriamente la idea de matarme era que, buenopor enésima vez, había tenido una cita estupenda con un chico, para acabar recibiendo un mensaje de rechazo. Joder, era tan típico.

Sé que puede sonar un poco melodramático. Incluso puede que esté exagerando un poco, pero ya me había encontrado con este tipo de rechazo una y otra vez.

Me explico. Acababa de mudarme a Montreal (Canadá) desde Orlando (Florida, EEUU). Necesitaba un cambio en mi vieja rutina de simple enfermero, así que decidí mudarme a Canadá para empezar de cero.

Llevaba una semana en Montreal y me sentía muy solo, así que empecé a visitar páginas gay de citas. Conocí a un chico muy mono llamado Tyler que estudiaba Literatura inglesa en la Universidad Concordia. Empezamos a chatear y descubrimos que conectábamos y nos gustábamos. Le pedí que fuera mi guía por la gigantesca ciudad de Montreal y aceptó.

Aquel día habíamos andado por el barrio de Rosemont-La Petite Patrie, hablando y riéndonos. Hacía mucho frío y hubo un momento en el que cogí su brazo, pero él no me correspondió. Ahí fue cuando me di cuenta de que él no sentía lo mismo que yo, que no estaba tan interesado en mí.

Habíamos quedado a la una de la tarde, él me había dicho que estaba libre hasta las cinco, pero sobre las dos inventó una excusa. Era algo sobre tener que ir pronto al trabajo en el restaurante tailandés en el que trabajaba, que habían llegado los uniformes nuevos y un compañero estaba enfermo y tenía que cubrirle.

Volvimos andando a la parada de metro de Sherbrooke, y nos dimos un abrazo incómodo. Yo incluso le besé la mejilla, pero tampoco me correspondió.

Minutos después de que hubiera entrado en la estación, le envié un mensaje: Ey Tyler, me ha encantado conocert. Gracias x ser un guía tan genial. Me encantaría vlver a qedar.

Pero nunca recibí un mensaje parecido de él. Puede que todavía estuviera bajo tierra en el metro y no tuviera cobertura,intentaba justificarle.

Por eso, unas horas más tarde, a las cinco, le envié otro mensaje: Intenta no trbjar dmasiado en el trbajo haha

Nada.

Puede que estuviera ocupado trabajando”, razonaba.

Cuatro horas más tarde, a las nueve de aquella noche, pensé volver a internarlo. Lo sé, era muy estúpido y tonto y desesperado por mi parte enviarle otro mensaje cuando él no se había molestado en responder a los otros dos, pero lo hice por culpa de la soledad y la desesperación.

Ey Tyler, escribí. Creo que hoy no te lo has pasado muy bien. Es una pena, xq una hora no es suficiente para juzgar a alguien. O sea, ni siquiera nos hemos visto desnudos aún. Qué te parece si vienes a casa y nos desnudamos y si todavía no sientes nada, te vas, sin preguntas. No me ofenderé. Lo sé, soy muy malo, eh? :P

Intenté que el final sonara desenfadado y travieso. No quería apestar a desesperación, aunque obviamente lo hacía.

Tres horas después, todavía nada.

Era hasta gracioso como había cambiado todo tan rápido. Habíamos pasado cinco días enviándonos mensajes, llenos de besos y abrazos y afecto y flirteo.

Hace mucho frío esta noche, le había escrito apenas unas noches antes. Espero que estés bien arropado.

Lo estaré, cuando tenga tus brazos envolviéndome fuerte, respondió Tyler.

Te gusta que te abracen?, pregunté.

Me encanta que me abracen, respondió.

¿Cómo había pasado de desear que mis brazos lo arroparan a ignorar mis mensajes? ¡No tenía ningún puto sentido!

Pero de nuevo, desde el primer momento en que nos conocimos en la parada de metro de Place des Armes ya supe que no estaba interesado en mí. Simplemente lo supe. Es un instinto que tenemos todos. Sin embargo era bastante mono: un chico gay no muy alto, un poco femenino, medio franco canadiense medio iraní. Yo también estaba bastante bien, y lo sabía.

Quizás a él le habían gustado mis fotos sexis de internet, pero era muy diferente en persona. ¿Pero cómo podía alguien enamorarse de unas fotos y que no le gustara la versión real?

Pensé que tampoco debía sorprenderme tanto. Era la misma mierda de siempre. Pero solo porque me pasara a menudo no significa que no estuviera totalmente harto de las putas tonterías de los tíos que conocía. No tenía sentido.

Si era por lo de las fotos, debería saber que nadie es exactamente como sale en sus perfiles online, especialmente en un clima tan frío. En las fotos salía en una camiseta de tirantes, marcando pecho y biceps. Salía muy sexy. Pero en persona tenía que llevar un puto abrigo grueso de invierno horroroso por culpa del tiempo exageradamente frío. Y ni siquiera era invierno aún. Estábamos todavía a finales de noviembre. Puto tiempo de Montreal.

Durante nuestras conversaciones por mensajes me di cuenta de que los dos éramos directos y no nos iban los juegos. Siempre decíamos lo que pensábamos. Pero si era tan directo, ¿por qué ni siquiera me había enviado un mensaje diciendo que no estaba interesado en mí como pareja?

O quizás debería sentirme agradecido de que no lo hiciera. El silencio era mejor que un rechazo rotundo, ¿no?

¿Qué creéis que duele mas? ¿El silencio o el rechazo?

O puede que ambos duelan lo mismo.

Así que, ¿cómo debía lidiar con su silencio helado? Lo cierto es que eso era lo que me asustaba de verdad. Se me daba muy bien hablar con chicos online o por mensajes, pero nunca causaba una buena impresión cuando los conocía en persona. Siempre sentía mucha presión sobre como actuar cuando conocía a alguien en la realidad. Me sentía en la obligación de ser ingenioso, divertido y un gran conversador. Me sentía en la obligación de no dejar que hubieran silencios, porque eso querría decir que se nos habrían acabado los temas de conversación y, por lo tanto, habría fracasado en mi intento de impresionarle y atraerle. Me sentía en la obligación de ser otra persona y no yo mismo, o mejor dicho, la obligación de ser una versión ultra realzada y mejorada de mí mismo, que no era nada realista, y demasiado difícil de mantener durante un largo periodo de tiempo.

Mientras todos estos pensamientos hervían en mi cabeza, intenté rebobinar el día con Tyler. Quizás debería haber sido más encantador, más divertido, más inteligente, más atento, más afectuoso.

O quizás el problema no era yo. Era él. Quizás el problema era que él era un puto capullo de mierda que no se merecía mi tiempo, afecto y atención.

Observé el tintineo de las luces de la ciudad.

Era una de las primeras nevadas del otoño y la nieve helada iba cubriendo mi cara enrojecida.

Mientras el viento glacial y furioso abofeteaba mis mejillas, sentía un dolor dentro de mí. Era un dolor emocional que se había convertido en físico. Era el dolor de la soledad en una nueva gran ciudad extranjera, cuya lengua era el francés, un idioma que no hablaba demasiado bien. Los dos semestres de nivel intermedio en la universidad quedaban demasiado lejanos.

¿Cómo debía tratar aquella dolorosa soledad dentro de mí? ¿Debía ir al Latin Quarter, el barrio gay de Montreal, concretamente a la calle Sainte Catherine East e irme de fiesta y bailar en las discotecas gay o en los clubs de striptease? Ya lo había hecho la noche en que llegué. Tomé el Metro y bajé en la parada de Beaudry, pasé por la discoteca Apollon, el Club Unity y el Sky Complex. No quise entrar porque no buscaba acción. Buscaba el amor y un novio que me diera amor. Pensé que no iba a encontrar a un hombre decente en una discoteca gay.

Incluso deambulé por el Campus, un club de striptease gay. Un gogó gordo y feo al que le apestaba el aliento me había cogido del brazo para informarme de que un baile privado duraba una canción (3 minutos) y valía 20 dólares. Educadamente, me negué y me fui.

Y por si fuera poco, los únicos hombres que intentaban ligar conmigo online no me atraían en absoluto: viejos, gordos y fofos. Siempre me enviaban mensajes diciéndome lo guapo que era. Por supuesto, nunca les respondía, porque no quería darles falsas esperanzas. ¡Destino cruel! ¿Por qué la vida es tan injusta? ¡Todo lo malo me pasa a mí!

Así que ya os podéis imaginar mi depresión extrema mientras estaba ahí arriba, en el tejado, con un frío helado.

Mis pensamientos pasaron rápido a Jean-Pierre, un hombre franco-canadiense bastante majo a quien dejé que me chupara la polla en mi primera noche en la ciudad. Aún así, no pude ignorar la diferencia de edad. Tenía 52 años. Podría ser mi padre. Me había dicho por internet que tenía 45, pero la verdad salió a a luz mientras preparábamos pasta juntos. Dijo que los hombres le ignoraban en cuanto les decía su edad real, así que puso 45 porque podía pasar por un hombre de 45. No le juzgo. Probablemente yo haría lo mismo.

Le había conocido por internet antes incluso de mudarme desde Orlando. Quería que alguien me recibiera en la cuidad y ahí estaba él, muy majo y agradable online.

Aquella primera noche en Montreal, me llevó a su apartamento, me abrazó fuerte y poco después nos estábamos revolcando en su cama. Enseguida nos quitamos la ropa, y nos convertimos en un montón de miembros y cuerpos desnudos enredados mientras retozábamos.

Pero mientras él me besaba y me acariciaba el cuello y me decía lo suave que era, me di cuenta de que realmente no me atraía. Se mantenía bien para un hombre de 52 años. Incluso había ido al gimnasio antes de nuestra cita. Dijo que le gustaba correr en la cinta y su figura esbelta lo demostraba.

Pero aunque sus labios eran suaves y húmedos, no me excitaba. No era que mi cuerpo no le respondiera, porque mi polla estaba muy dura mientras él se la merendaba. Eran mi mente y mi corazón, que no le correspondían. Obviamente ese es el ingrediente clave en cualquier relación. Tu corazón y tu mente deben reaccionar de forma positiva ante tu pareja, o la relación se rompe. Lógica básica, ¿no?

Él se iba a Toronto por negocios al día siguiente, y tenía que irse a dormir pronto. Aunque nos revolcamos en su cama, no hicimos nada más allá del sexo oral, solo una mamada. Él me la chupó a mí, yo a él no. Ninguno se corrió.

Me acompañó hasta la parada de metro, me dio un abrazo y eso fue todo.

Mi mente estaba confusa respecto a él. Por una parte, tenía su propio piso, que era algo importante para mí. Acababa de llegar a Montreal e iba un poco justo de dinero. Por otra parte, simplemente no me atraía su cuerpo. Sí, me gustaba su personalidad. Incluso me había preparado la cena (penne con pollo, cebolla, setas y salsa) después de nuestra hora sexy, pero simplemente no había atracción física. Él estaba bastante en forma. Tenía el pelo castaño y lo llevaba corto. Era un poco bajo, no era grande, alto y fuerte, como a mí me gustan los hombres.

Pero aún así, de momento él era mi única opción, y quise ser educado y agradecerle el buen rato que habíamos pasado y la cena. Le envié un mensaje en cuanto llegué a casa.

Gracias x la cena. Hablamos x chat cuando vuelvas de tu viaje.

Pero nunca respondió.

Ya, lo sé. Típico, ¿eh?

Parecía bastante más entusiasmado mientras me comía la polla.

Sé que esto son solo dos incidentes en Montreal, pero creedme, este tipo de mierda me pasaba siempre también en Orlando. Me estaba hartando, joder.

Un crujido detrás mío interrumpió el hilo de mis pensamientos.

Entré en modo lucha o correy me di la vuelta.

¿Quién hay ahí?

Casi me quedo sin aliento.

Ahí de pie estaba el hombre más atractivo sobre el que nunca había tenido el privilegio de poner mi ojos.

Y lo mejor es que estaba desnudo de cintura para arriba.

La luz de la luna brillaba sobre su pecho perfectamente esculpido. Sus músculos estaban terriblemente marcados. Podría pasarme la eternidad describiendo la perfección de su musculatura y su físico, pero simplemente digamos que sus enormes pectorales hacían que quisiera acercarme a acariciarlos, como para confirmar que eran reales; sus abdominales eran por lo menos una tableta de chocolate XL, si no más; y su pecho y hombros fornidos eran de soldado o guerrero, como poco.

pidamente aparté mis ojos del escaso vello de su pecho y examiné su cara. Pómulos marcados, una nariz casi cincelada y profundos ojos marrones, parecía un modelo de Calvin Klein. Tenía un poco de vello en la cara, por la barbilla y alrededor de la boca. Era jodidamente sexy. Siempre me han encantado los hombres con barba de tres días. Apestaban a masculinidad.

Mis ojos bajaron hasta sus piernas. Llevaba vaqueros azules, pero se podía ver un poco de vello que se escapaba entre las roturas. Los músculos de las piernas eran tan grandes que quedaban completamente marcados bajo los vaqueros.

Cuando asimilé el pack completo, mi reacción inmediata fue el deseo. Quería follármelo y que me follara. Lo sé. Soy un salido, ¿a que sí? No puedo evitarlo. Soy gay. Aunque también tenía pinta de que podía ser un buen novio. Parecía el tipo de chico del que realmente me podía enamorar, que me mimaría y me cuidaría y me daría una sensación de seguridad real.

Su cabello castaño oscuro, un casi negro sensual, cayó como un adorno sobre su cara. Estaba despeinado, como si acabara de despertar de un sueño profundo. Quedaba muy seductor. Luché contra la necesidad de apartar el mechón de su cara.

Dio un paso hacia adelante, con un pequeño gruñido.

Una sustancia verde goteaba de su pecho y caía sobre el suelo del tejado.

Ahí me di cuenta de que había pasado por alto un detalle muy importante.

Había quedado demasiado hipnotizado por su impresionante físico para darme cuenta de que sangraba por los costados.

La sustancia verde ya estaba manchando el suelo.

Totalmente perplejo, dije:

¿Qué es eso?

—Sangre —respondió.

Su voz era profunda e intensa, más como el gruñido de un animal que una voz humana masculina.

Igualmente, era muy sexy y quería poner mi oído en su boca y hacer que me susurrara cosas bonitas toda la noche.

Desechando aquellos hermosos pensamientos, intenté centrarme en lo que teníamos entre manos. Empecé a decir:

¿Sangre? ¿Pero qué…?

Y ahí fue cuando empezó a caer de cabeza sobre el suelo.


***


Por suerte, lo sujeté justo a tiempo.

Cayó sobre mí atropelladamente.

Sus manos rozaron las mías y su cabeza acabó sobre mi pecho.

Lo agarré. El peso de su cuerpo presionaba el mío, excitándome. Imaginé que eso mismo es lo que sentiría si hiciéramos el amor. Sus 190 centímetros (por lo que parecía) y sus 90 quilos de músculo apretándome desde arriba, aplastándome bajo su peso.

Pero sólo podía soñar. Un hombre tan masculino y que estaba tan bueno era imposible que fuera gay, ¿cierto? Pero vaya, existen muchos hombres gays que son muy masculinos.

Mi cara estaba a unos centímetros de la suya, y le susurré:

—Oye, ¿estás bien?

No respondió.

Solo se oía el sonido de su profunda respiración y, por supuesto, el silencio de aquel frío despiadado.

Estaba tan mono con los ojos cerrados que solo pensaba en acercarme más y besarle. Sus labios eran tan húmedos, tan atrayentes

¡Para!”, me regañé a mí mismo. La vida de un hombre está en peligro. Necesita ayuda. ¿Es que no puedes parar de pensar con la polla?

Al salir de mis fantasías y volver a la realidad, me di cuenta de que todo dependía de mí. Y como profesional sanitario, era mi trabajo, no, mi obligación, asegurarme de que estuviera bien.

El aire de invierno me bombardeaba mientras me volvía al interior del edificio en dirección a mi apartamento.

Eché al hombre en mi cama, deseando que estuviera bien.

Luego, sin saber muy bien qué hacer, me quedé ahí de pie, pensando.

Lo primero que pensé fue “¡Qué suerte la mía!” Quería un hombre desesperadamente y ahí estaba. Era como si el mismo Dios hubiera respondido personalmente a mis plegarias por primera vez.

Mi segundo pensamiento fue “¿Qué coño es esa cosa verde supurando en sus costados?

Él había dicho que era sangre, pero ¿qué clase de hombre sangra de color verde?

Debe de haber algo que no me está contando”, pensé.

Pero de todas formas sabía lo que tenía que hacer. Durante mis años en la facultad de Enfermería había aprendido a limpiar la sangre primero con alcohol estéril, y después coser la herida si era demasiado profunda.

Fui a buscar unas toallitas estériles y unas gasas al botiquín, y volví a mi habitación.

El misterioso macizo estaba como desplomado, sus piernas colgaban del filo del colchón y sus grandes brazos, musculosos y bronceados, descansaban a sus dos lados.

¡Dios mío!”, pensé. Casi no pude recobrar el aliento. La imagen de aquel hombre tan sexy conseguía que olvidara toda mi formación médica.

Le observé durante un minuto largo.

El deseo que sentía no tenía límites.

Le deseaba tanto que me temblaban las rodillas.

Puede que incluso babeara un poco. No tengo ni idea.

La visión de aquel semental hacía que me convirtiera en un idiota que balbuceaba y babeaba.

¡Para!”, me reproché de nuevo. “Cómetelo con los ojos todo lo que quieras cuando te hayas ocupado de sus heridas. Su vida corre peligro. Podría desangrarse y morir.

Me saqué a mí mismo del trance en el que me había metido y me arrodillé a su lado.

Intentando no embobarme con su musculoso pecho y su cara perfecta, le limpié la sustancia verde (no podía llamarla sangre todavía) con toallitas estériles.

Por suerte para los dos, las heridas en los laterales de su caja torácica no eran demasiado profundas y no necesitaban puntos, así que simplemente las vendé.

Cuando hube terminado, me tomé un momento para inspeccionarlo.

Ahora que había más luz, me di cuenta de algunas cosas a las que no había prestado atención.

Primero, las heridas parecían de una pelea.

Me excitaba pensar que había estado en una pelea. Solo pelean los hombres de verdad, y eso es así. Los más masculinos pelean para defenderse, o defender a sus familias, su orgullo o su territorio.

Definitivamente confirmaba por qué rebosaba masculinidad.

Pero después de una inspección más detallada, los cortes parecían haber sido provocados por un animal salvaje, como un perro o un lobo.

¿Le habían atacado unos animales?

No lo sabía.

Y había algo más que había pasado por alto en la oscuridad de la noche.

Tenía un tatuaje de un fénix verde surgiendo de sus cenizas en la parte inferior derecha de sus abdominales.

De hecho, tenía dos tatuajes.

El otro era un lobo y un jaguar levantando sus garras, y lo tenía en su antebrazo derecho.

¿Qué significaban aquellos tatuajes? ¿Indicaban que era miembro de algún tipo de banda? ¿Y qué hacía en mi tejado?

Había demasiadas preguntas sin respuesta, pero una cosa estaba clara: los tatuajes sólo incrementaban mi atracción animal por aquel hombre misterioso. Siempre había pensado que los tatuajes quedaban increíblemente sexis en un hombre.

Me senté a los pies de mi cama, pensando.

Mientras tanto, me di el gusto de volver a echar un vistazo a su cuerpo.

Sus músculos eran un verdadero regalo de Dios para el mundo. Nunca había visto a un hombre con tantos músculos marcados en el lugar perfecto. Quería apoyar la cabeza sobre aquel magnífico pecho, cuya forma se acentuaba gracias a su clavícula. Aquellos pectorales, húmedos y protuberantes, eran toda una tentación. Quería acercarme y acariciarlos.

El sudor de su frente resbaló hacia el punto justo entre sus dos pectorales.

Su pecho fornido jadeaba arriba y abajo.

Estaba tan sexy así, simplemente tumbado, descansando.

Despacio, incluso antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, mis manos se dirigieron hacia sus enormes músculos pectorales.

¡Julien!”, me regañé. “¿Hasta dónde vas a llegar? El tío está inconsciente. Sería como violarle mientras duerme.

“No”, me dije. “¡Apártate!”

Sirviéndome de toda mi fuerza de voluntad, aparté las manos.

Entonces el macizo empezó a murmurar algo.

No podía oírle, así que me acerqué.

¿Qué? pregunté.

—Paimon masculló suavemente con su voz profunda.Paimon, ¡no! ¡No te acerques más!

¿Quién es Paimon? pregunté.

Como vi que no contestaba, me di cuenta de que hablaba en sueños.

No sabía mucho de él, pero sabía dos cosas: había estado en algún tipo de pelea y le había perseguido alguien llamado Paimon.

Sentí un pinchazo de compasión por él. Estaba en peligro, seguro, pero había escapado.

Como enfermero, intentar ayudar a los demás me salía de forma natural. Siempre me dolía ver a alguien herido y probablemente en peligro.

Aquel hombre era todo un misterio. Me comía el deseo de saber más de él.

Como me había acercado para oír lo que decía, estaba a un escaso centímetro de su cara.

El calor de su cuerpo me llenaba de un deseo crudo y carnal. Quería hacerle el amor a aquel pedazo de hombre desesperadamente.

Y su aroma. Oh, Dios, ten piedad.

Olía a sudor, puro y masculino, casi apestaba, pero de una forma muy de hombre. Había otro olor mezclado, un tipo de colonia que solo podía describirse como limón especiado.

Sea lo que fuere, el efecto que tenía en mí era mágico y magnético.

No me fiaba de mí estando con él. Su mera presencia, tan masculina, creaba una especie de instinto básico en mí. Deseaba que me diera sin parar.

Mis ojos bajaron por su cuerpo hasta sus vaqueros rasgados. Estaban rotos a la altura de la rodilla en ambas piernas. Se podía ver un poco de piel bronceada. Incluso su vello dorado.

¡Oh Dios!”, pensé.

Mi polla iba creciendo lentamente.

Él me hacía el controly no estaba ni consciente. Me sentía tan débil. No me gustaba la sensación de anhelar a alguien tanto, pero al mismo tiempo era todo un placer desear a un buenorro como aquel.

¿Qué debía hacer? ¿Llevarle al hospital donde había estado trabajando para que lo examinaran y trataran? ¿O dejarle en mi cama hasta que despertara? Puede que suene egoísta, pero no quería compartir a una joya de hombre así con nadie. Lo quería todo para mí.

Observé su cara.

Tenía una cicatriz en forma de triángulo en la mejilla izquierda.

Quien quiera que fuera, aquel tío se había metido en un montón de peleas. Se me antojaba como un agresivo macho alfa, algún tipo de líder. Tenía las cicatrices que lo demostraban.

En aquel momento, abrió los ojos.

Me perdí en aquellos profundos ojos marrones.

Se incorporó.

¿Dónde estoy?

Ya estás a salvo dije. ¿Has estado en una pelea?

—Sí, creo que sí… —dijo, perdiendo la voz.

¿No lo recuerdas? pregunté.

Está todo borroso dijo. Algo me dejó fuera de combate hace un rato.

Gritabas el nombre de Paimon mientras dormías. Le decías que dejara de seguirte.

Levantó una ceja.

¿Paimon?

—Sí —dije.

Era verdaderamente bello.

Podría quedarme observando sus ojos todo el día. Y la parte de mí que quería cuidar de todo el mundo solo pensaba en apartar suavemente el mechón que caía sobre sus ojos.

De pronto tosió fuertemente y se agarró el magnífico pecho desnudo.

Mierda dijo. Creo que me han envenenado.

¿Envenenado? repetí—. ¿Quién?

Antes de que pudiera responder, se señaló la entrepierna.

Me ruboricé cuando vi el bulto enorme que tenía.

Necesito que alguien me ayude a deshacerme del veneno dijo.

¿Qué? dije, casi incapaz de creer lo que estaba oyendo.

Descaradamente y sin ningún pudor, como si fuera lo más natural del mundo, bajó la cremallera y se quitó los pantalones.

Después, se bajó los boxers blancos que llevaba y descubrió su miembro perfectamente erecto, de al menos quince centímetros de largo y dos de ancho, marcado de venas palpitantes.

Puedo sentir el veneno expandiéndose por mi cuerpo dijo. La única manera de librarme de él es por aquí. Señaló su polla erecta. ¿Me ayudarás? Por favor.

Oh. Dios. Mío”, pensé. “¿De verdad está sucediendo esto?”.

La excitación fluía por mi cuerpo.

Ehm… —empecé a decir, sin saber muy bien qué decir o qué hacer. ¿Quieres que te haga una paja?

Muy serio, me dijo:

Es mejor si lo succionas para que salga. Es más rápido.

Lo observé con la boca abierta.

¿Me estaba tomando el pelo?


***


Todavía en un estado de shock y excitación, me senté a los pies de la cama, perplejo. ¿Aquel tío iba en serio? ¿De verdad quería que le chupara la polla tan apetitosa que tenía?

¡Rápido! gritó—. No tenemos mucho tiempo. Me harías un favor enorme.

Eché un vistazo a aquel miembro palpitante y me excitó tanto que mi instinto básico y animal se apoderó de mí.

Inmediatamente lancé mi boca hambrienta sobre su pene vibrante, lamiéndolo con glotonería. Nunca en mi vida había probado ninguno tan dulce y, creedme, he chupado muchas pollas.

Su rabo resultaba tan jugoso y carnoso que quería tragármelo entero, pero obviamente era imposible a menos que le diera un buen mordisco.

Desde su entrepierna, le eché un vistazo rápido.

Tenía los ojos cerrados y claramente estaba disfrutando del estímulo físico y del placer que le proporcionaba mi boca.

Mi lengua envolvió la base de su polla. Luego me la metí en la boca y succioné fuerte, tan fuerte que la punta de su delicioso pene llegó a mi garganta.

Reaccionó con un leve jadeo y exhaló, como si se sintiera dulcemente liberado.

Estimulado por su reacción y animado por el evidente placer que mi boca proporcionaba a su polla, chupé s.

Mientras estaba en ello, inhalé el olor primario de su miembro. Olía un poco mal pero también muy sexy.

Un poco de líquido salió de su pene y entró en mi garganta. Probé su sabor salado mientras cruzaba mi lengua para llegar a su destino.

Soltó otro gemido suave.

Su cuerpo sudoroso empezó a estremecerse y a temblar sin control.

Ahí supe que estaba listo para correrse.

Normalmente me había tragado su semen, pero como había dicho que era veneno, me aparté pido.

Su polla hizo pop cuando la saqué de mi boca.

Podía ver claramente mi saliva por la base.

Solo con esa imagen me invadió una perversa emoción.

Mi polla, envuelta en líquido pre-seminal y erecta, estaba dolorosamente rígida.

Necesitaba correrme desesperadamente, pero intenté ignorar aquella sensación y centrarme en el hombre guapísimo que había delante mío.

Exhaló aire y su cara se estremeció.

Joder, joder gritó—. Voy a correrme.

Y se corrió.

Tiró frenéticamente de su pene erecto y un río de semen explotó expandiéndose sobre mi pecho.

Pero el color de su semen era raro. En lugar de ser claro, era morado.

Debió ser por el veneno.

Muchas gracias dijo mientras su pecho sudoroso y musculoso subía y bajaba. Me has salvado la vida.

Me preguntaba qué tipo de recompensa me habría ganado por salvar la vida de un macho tan sexy como él.

¿Ya estás bien? pregunté—. Esa cosa lila… ¿ya estás libre de veneno?

—Sí —dijo, y empezó a limpiar la cama, y se puso la ropa interior y los pantalones.

Me llamo Julien dije.

Yo soy Hunter dijo. Me imagino que no sueles conocer a muchos hombres de esta forma.

¿Cómo sabía que era gay? No era nada evidente.

No dije. Para nada. Bueno, ¿quién te ha envenenado?

Entornó los ojos, como si estuviera exprimiendo su cerebro.

No lo recuerdo.

¿Cómo has acabado en el tejado de mi edificio? pregunté.

Todo lo que puedo recordar es que algo me perseguía…

¿Algo? repetí.

—Sí —dijo.

Ninguno de los dos habló durante un minuto.

Aproveché el silencio para meditar de nuevo. Era el chico (o incluso chica) más atractivo que había visto en mi vida, eso estaba claro. Pero lo que no estaba claro era quién era él, cómo había acabado ahí y por qué le sangraban los costados en color verde.

Pero me distraje de mis pensamientos por culpa del maravilloso olor a sexo y semen que Hunter desprendía.

Hunter, menudo nombre. Cazadoren inglés. Evocaba roles tan masculinos, un líder, un depredador, un jefe.

Me fijé en una pequeña gota de semen que se iba secando en su camiseta y necesité toda mi fuerza de voluntad para no lamerla. Deseaba tener un poco de aquella semilla ultra masculina dentro de mí.

A ver si lo entiendo dije. ¿Solo recuerdas que te llamas Hunter y que algo te perseguía?

Él asintió. Pregunté:

—¿Puede que fuera Paimon?

Él asintió de nuevo.

Puede.

Fijó la mirada en mí. Yo estaba hipnotizado por aquellos ojos marrones. Murmuró:

Gracias.

Entonces hizo algo completamente inesperado.

Se acercó, envolvió mi espalda con sus brazos y tiró de mí.

El calor de su piel sobre la mía provocaba descargas eléctricas en mi espina dorsal.

Mi corazón latía muy fuerte, me preguntaba qué iba a hacer a continuación.

Entonces cogió mis mejillas entre sus manos y me dio el mejor beso que me han dado jamás. Sus suaves labios masajeaban los míos apasionadamente, aunque con gentileza.

Cerré los ojos y me dejé llevar.

Entones mezcló su lengua con la mía atropelladamente y yo hice lo mismo.

Parecía que nos estuviéramos apareando, procreando, era un intercambio de saliva, de placer.

Su suave cabello me acariciaba la frente, haciéndome cosquillas. Siguiendo su ejemplo, agarré sus mejillas con mis manos y tiré de él más cerca todavía.

Nos besamos durante una eternidad, disfrutando del otro.

Demasiado pronto, se apartó.

En aquella intimidad sus ojos eran de ensueño.

Se le veía relajado, calmado, sereno.

Estaba imponente.

Uf conseguí decir, impresionado por la pasión y la intensidad de su beso.

Él había hecho realidad mis sueños. No esperaba ni llegar a tocarle aquella noche, cuanto menos, besarle.

Lo mejor es que Hunter también era claramente gay, pero no era una reina afeminada. Era un hombre totalmente masculino al que casualmente le gustaban los falos. Seguía siendo un hombre, incluso más hombre que cualquier hetero que yo hubiera conocido.

Con la voz ronca, preguntó:

—¿Llevas mucho en Montreal?

Unas semanas —respondí.

Oh —sonrió con suficiencia. Bienvenue. Bienvenido a Montreal.

Menuda bienvenida, pensé.

Entonces hizo algo igual de chocante.

Cogió un poco del semen semi-húmedo que quedaba sobre mi pecho, me dio la vuelta, me bajó los pantalones e introdujo violentamente un dedo envuelto en su propia corrida dentro de mi dolorido ano.

Sentía como mi recto se humedecía a medida que su dedo lo embestía.

Jadeé de sorpresa y de placer.

Ahora eres mío —declaró—. Te reclamo. Eres todo mío.

Soy tuyo repetí, sin entender del todo a qué se refería, pero horriblemente excitado. Me ponía muy cachondo pensar que era suyo.

Con una voz firme, dijo:

Ahora me perteneces.

Ahora te pertenezco dije, casi como en trance.

Su voz era totalmente hipnótica y provocaba en mí un deseo de total obediencia. Podría haberle seguido al fin del mundo y volver.

Me pareció muy de macho alfa y muy masculino que cogiera su propia corrida y me la metiera, como una forma de marcar su territorio y reclamarlo como suyo.

Yo no quería nada más que ser suyo. No quería nada más que pertenecer a Hunter.

Él se inclinó y me olfateó.

Al principio me sentí muy confuso, pero entonces me di cuenta de que olfatearme era también una forma de reclamarme.

Así que yo también me incliné a olerlo.

Olía maravillosamente. El aroma a limón especiado me iba a seguir para siempre.

Vigilando los vendajes de sus costados, puso una mano mansamente sobre mi mejilla.

Has cuidado muy bien de mí hoy, por eso ahora te declaro mi pareja.

Besó mis labios suavemente.

No tenía ni idea de a qué se refería, pero me iba a convertir en su pareja sin dudarlo. Dicho esto, no estaba muy seguro de qué significaría serlo. Por ejemplo, ¿implicaba hacer bebés? Si era así, ¿era biológicamente posible?

Era todo un poco raro, pero removía algo muy primario y básico en mí. Encendía la parte animal de mi cerebro. Quería que me hiciera el amor. Quería que folláramos como conejos.

Mi polla se endurecía todavía más dolorosamente. Volvía a salir un poco de líquido pre-seminal.

Entonces empezó a olfatearme de nuevo, su nariz arrastrándose sobre mis mejillas. Me inundaban sensaciones maravillosas. Me sentía como si estuviera flotando sobre las nubes, completamente perdido.

De pronto, un arañazo en la ventana interrumpió nuestro momento de intimidad.

Un par de garras estaban arañando la ventana de mi habitación.

Me levanté alarmado.

Hunter aulló.

No te acerques, esto va a ser peligroso.

Miré por la ventana, desesperado por tener una pista de qué tipo de animal salvaje estaba arañando mi ventana.

Lo que vi me heló los huesos.

Era un jaguar.

No un perro ni un gato, ni si quiera un lobo salvaje.

Era un jaguar amarillo de verdad, con dos ojos enormes, una boca llena de dientes afilados y un cuerpo ágil y atlético.

Sus garras todavía estaban arañando mi ventana.

En ese momento, el viento abrió las cortinas totalmente y entro la luz de la luna.

Hunter se levantó, pasándome por encima.

De pie, parecía bastante más alto que el 1,90m que le había puesto.

Soltó una especie de gruñido leve que no sonó humano. El sonido salió directamente del fondo de su garganta.

La luz de la luna lo iluminó y lo que vi a continuación se grabó en mi memoria para siempre.

Hunter, el semental tío bueno que acababa de declararme su pareja, se estaba transformando en un lobo delante de mis ojos.

Sus piernas se estaban convirtiendo en patas de lobo y sus manos y pies, en garras. Su cuerpo se estiró hasta que cayó sobre el suelo a cuatro patas.

Su boca se transformó en un morro de animal y sus ojos mutaron en unos feroces ojos negros de lobo.

Una cola salió de su espalda.

Su cuerpo esbelto era ágil, fuerte, musculoso. Su pelaje era denso, de un gris resplandeciente.

Hunter, en su forma de hombre-lobo, parecía tanto un guerrero atlético y agresivo como en su forma humana.

Se dio la vuelta para mirarme y agitó una de sus zarpas como para avisarme de que no me acercara a la carnicería imminente.

Luego soltó un rugido feroz que me hizo temblar.

Se me puso la piel de gallina al oír otro de sus aullidos.

El jaguar también rugió.

Por un momento, los dos animales salvajes no se movieron, ninguno se acobardaba.

Pero antes de que me diera cuenta de lo que estaba ocurriendo, Hunter se abalanzó sobre la ventana, haciéndola pedazos.

Mi corazón latía a mil por hora, lo observaba con los ojos muy abiertos mientras peleaba contra el jaguar.

Los dos animales salvajes iban en serio, se pegaban el uno al otro mientras intentaban esquivar los golpes de su adversario.

Y seguían dándose, entre rugidos que sonaban como truenos.

Me sudaba la frente mientras observaba sin poder hacer nada.

¿De verdad Hunter se acababa de transformar en un hombre lobo delante de mis narices?

¿En serio estaba en plena batalla con un jaguar?

Sentía tantas cosas a la vez. La agitación por la batalla. Preocupación por Hunter. El regocijo de ver a mi hombre luchar para protegerme.

Verle pelear como un macho alfa (o, en este caso, un lobo alfa) me ponía.

Era muy excitante, básico, primario, ver a mi macho alfa pegarse por defender mi honor y mi seguridad.

La lucha estaba más o menos empatada hasta que el jaguar acorraló a mi pareja contra el suelo, con sus zarpas sobre el cuello de Hunter.

Desesperadamente, busqué algo que lanzarle al jaguar, pero no hizo falta.

Hunter se había librado de las garras del jaguar, y con unos movimientos rápidos, lo arrojó desde el tejado.

Se oyó un gemido ruidoso mientras el jaguar caía varios pisos. El edificio no era tan alto como para matarle, pero sí para herirle en profundidad.

Todavía alarmado, salí rápidamente por la puerta y me dirigí al tejado.

Cuando llegué, Hunter estaba mutando a su forma humana. Corrí hacia él.

¡Hunter! ¿Estás bien?

Estaba echado sobre el suelo.

Me arrodillé junto a él y apoyé su cabeza sobre mi regazo.

A parte de una pequeña herida en su pecho, estaba bien.

—Sí —dijo, respirando fuerte.

¿Qué era eso? pregunté.

Un enemigo —respondió.

Observé su preciosa cara. Sus ojos habían vuelto a ser aquellos hermosos ojos marrones, ahora que volvía a ser humano.

¿Qué es lo que no me estás contando? dije.

Tyler, el jaguar, me persigue. El que hemos tirado desde el tejado era uno de sus matones. Estamos luchando por el puesto de líder en una manada de hombres lobo y hombres jaguar.

Eso explica el tatuaje del jaguar y el lobo en su antebrazo”, pensé.

Siento haberte involucrado en esto dijo. Formo parte de una campaña política demasiado peligrosa.

Ahora soy tu pareja dije, con firmeza. Te guste o no, estoy involucrado.

Solo quería alguien a quien pertenecer. Verdaderamente quería pertenecer a alguien como él. Y ser suyo significaba que sus batallas eran ahora mías.

Sonrió, cegándome con su belleza. Yo continué:

Además, un poco de peligro puede resultar muy excitante.

Era cierto. Mi vida se había vuelto muy aburrida hasta que apareció él.

Él simbolizaba el peligro. Simbolizaba excitación. Simbolizaba pasión. Simbolizaba sexo. Simbolizaba amor.

Puso una mano sobre mi mejilla, expresando su contento.

¿Durante cuánto tiempo has sido un hombre lobo? pregunté.

Cinco años —respondió—. Me mordió un hombre lobo una noche en que iba paseando por Parc Lafontaine.

¿Puedes convertirte en lobo o humano siempre que quieres? pregunté.

Normalmente sí —asintió.

Se agarró el pecho y empezó a toser. Preocupado, le dije:

Voy a cuidar muy bien de ti, Hunter.

Igual que tú has cuidado de mis necesidades emocionales”, pensé, aunque no me atreví a decirlo en voz alta.


***


Después de aquella noche salvaje, Hunter necesitaba descansar.

Le curé la herida más leve y me quedé allí, junto a la cama, observándole descansar.

Había tantos pensamientos diferentes vagando por mi mente. Primero, aún no podía asimilar del todo que fuera un hombre lobo. Además, me había declarado su pareja, pero no tenía muy claro qué significaba exactamente. Sabía que estaba luchando por el liderazgo de una manada, pero ¿dónde me dejaba eso a mí? ¿Y a nosotros? ¿Cómo íbamos a estar juntos si el tenía esa otra vida, una vida sobrenatural?

Tenía muchas preguntas, pero casi ninguna respuesta.

Y aún así, tenía algo muy claro. Sin importar quién era él o qué iba a suceder, él me había marcado, me había reclamado, me había tomado.

Es cierto, tenía elección y había decidido pertenecerle. Quería ser suyo.

Después de años de sentirme frustrado por hombres gays caprichosos que solo buscaban sexo y a los que conocía online, era agradable conocer a un macizo que era de verdad.

Después de todo, ya me había marcado introduciendo su semilla profundamente en mi recto y en mi ano. Y me había gustado. ¿Qué s podía pedir?

Intentando reprimir un bostezo, me acosté a su lado.

Lo cierto es que no me importaba mucho quién era o quién iba a por él o las campañas en las que estaba metido.

Solo me importaba el hecho de que yo le gustaba, no, de que él me amaba.

Eso era suficiente para mí.

Aquella noche, me acurruqué en su pecho desnudo, escuchando su respiración continua y el latido de su corazón, oliendo el almizcle de limón de mi nueva pareja, pensando en el maravilloso futuro de color de rosa que me esperaba junto a él.


***


Al día siguiente, me desperté solo en mi cama.

Me levanté e inspeccioné mi apartamento, y descubrí que Hunter no estaba.

Confundido y destrozado, empecé a pensar que quizás todo había sido un sueño o una alucinación. Lo sabía. Alguien como yo estaba destinado a permanecer solo para siempre. Tener una pareja nunca formaría parte de mi realidad. Supongo que era mejor que lo afrontara. Mi destino era terminar solo. Así eran las cosas y tenía que aceptarlo.

Volví a mi habitación.

El aire olía ligeramente a especia de limón, el aroma de Hunter.

¡Espera!”, pensé. “Quizás no fue un sueño después de todo”.

Mis ojos analizaron la habitación y vieron algo sobre la almohada.

Era una nota.

La cogí. Decía:


Julien,

Eres muy bueno por cuidarme como me has cuidado, pero estar a mi lado es demasiado peligroso par ti. No me perdonaría nunca que te pasara algo. Tengo que irme ahora y esconderme durante un tiempo, por tu bien. No me busques. No es seguro. Estoy metido en una guerra mortal por el liderazgo de la manada y eso implica políticas muy peligrosas. Te haré llamar si consigo ser el líder.

Tuyo,

Hunter


“No”, pensé, horrorizado. Anoche, el beso de Hunter me salvó de una vida sin pasión. Prendió una pasión que había permanecido dormida en mí durante demasiado tiempo." Hizo que me sintiera vivo y haría lo que fuera por sentirme vivo.

Iba a encontrarle.

¿Pero dónde? Seguía sin tener ni idea de dónde había ido.

Quizás era cierto que no debería meterme.

Después de todo, era peligroso.


***


s tarde aquel día, fui a trabajar al Grand Hospital de Montreal, pero en lugar de centrarme en los pacientes, solo podía pensar en el impresionante beso que me había dado Hunter, y como había introducido posesivamente su semen en mi culo y me había reclamado como su pareja.

Eso y, por supuesto, el hecho de que mi pareja era un hombre lobo en medio de una amarga batalla por el liderazgo de una manada.

Aquellos pensamientos me encendieron y avivaron el deseo de tener más.

¿Pero dónde había ido? ¿Estaba bien?

Había dicho que debía irse par no ponerme en peligro. Era ciertamente muy dulce por su parte, pero me había dejado devastado.

¡Lo echaba tanto de menos! No tenerlo junto a mí era como si me estuvieran clavando puñales en el corazón sin parar.

Mi compañera Marie, una enfermera tetuda de 22 años y ojos azules, acabada de salir de la facultad, me tocó el hombro.

Julien dijo, en su adorable acento francés. La jefa de enfermería quiere que vayas a la habitación 639. Un paciente necesita una inyección de morfina.

Un poco aturdido, cogí el ascensor hacia la habitación 639, cogí una aguja estéril de la mesa e inspeccioné al paciente.

Era un chico rubio muy guapo, estaba tumbado en la cama y llevaba una bata azul de hospital. Tenía mordiscos y hematomas en los brazos y piernas.

Algo que resultaba especialmente interesante es que tenía un tatuaje de un jaguar con dos zarpas levantadas en su antebrazo derecho. Era idéntico al que tenía Hunter en el mismo sitio, excepto que el del paciente solo tenia el jaguar, mientras que el de Hunter representaba al jaguar y al lobo.

Consideré que era algo sospechoso.

El paciente dormitaba, así que cogí la carpeta que contenía su información.

Sam Stanton, 27 años. Encontrado en una acera con lesiones moderadas. Se sospecha que cayó de un tejado, pero el paciente no quiere hablar.

Horrorizado, me di cuenta de que aquel chico rubio era el mismo jaguar que Hunter había tirado desde el tejado. Era el jaguar en forma humana.

Bajé la vista hacia la aguja y la cambié por una que contenía cloruro de potasio, también conocido como la droga de la eutanasia. Si hay demasiado cloruro de potasio en el cuerpo, éste se apaga.

Tuve una idea.

Iba a obligar a aquel tío a decirme donde estaba Hunter.

En un ataque de rabia contra el atacante de mi pareja, cogí un vaso de agua de su mesita y se lo tiré en la cara.

El paciente se despertó, escupiendo.

Me incliné sobre él, muy cerca, y le dije en una voz firme y controlada:

Escúchame, amigo. Tienes dos opciones: o me dices donde ha ido Hunter o te clavo esta aguja llena de cloruro de potasio. Es una droga diseñada para llevar a cabo un suicidio asistido por un médico.

El terror de su cara me dijo que yo había ganado.

Tragó saliva y dijo:

Hunter suele rondar por su guarida: la Cueva Alfa. Esta en Parc Jarry.

Sonreí, dejé la aguja y di un puñetazo a la cara de Sam Stanton.

Estaba KO de nuevo.

Observé por la ventana la ligera luz invernal de Montreal. Se veía un parque precioso lleno de niños que reían y amantes que paseaban.

Viendo a los amantes que paseaban de la mano, tomé una decisión.

El amor implica apoyar a tu pareja, pase lo que pase.

Iba a buscar a Hunter y ayudarle en su guerra de manada.

Hunter,” pensé. “Vuelvo a ti”.


***


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